miércoles, 12 de julio de 2006

¿Supresión de símbolos religiosos en los colegios?

Con respecto a las diferentes noticias que se vienen difundiendo en los medios de comunicación sobre la supresión de símbolos religiosos en los centros escolares públicos, la Asociación Presencia Cristiana de Córdoba quiere hacer las siguientes consideraciones:

Nuestra sociedad, por tener hondas raíces cristianas, acepta con naturalidad la presencia de símbolos religiosos en nuestras vidas: Cruz de mayo, Semana Santa, romerías...

Desde esa perspectiva de inserción natural de lo religioso en la vida social, la votación en la que la Junta de Personal Docente no universitario de Córdoba se ha pronunciado, por cierto, con escasa mayoría, por la supresión de la simbología religiosa en los colegios e institutos de titularidad pública, demuestra la falta de «conexión» de esa instancia con la realidad educativa de los centros escolares: en aquellos en los que subsisten algunos símbolos religiosos, estos son aceptados con naturalidad por la inmensa mayoría de la Comunidad Escolar (padres, profesores y alumnos), sin que exista conflictividad por este motivo. Por otra parte, la petición de la Junta de Personal Docente ignora el sentir mayoritario en los centros escolares, donde cada año tiene lugar un pronunciamiento explícito de los padres, que en una mayoría superior al 80% solicitan, a la hora de la matrícula, la enseñanza católica para sus hijos. En cambio, la polémica ha surgido a partir de la petición de un escaso número de padres.

Tengamos presente que vivimos en un Estado aconfesional que, aunque no se apropia ni reconoce ninguna confesión concreta, debe respetar las diferentes confesiones y religiones. En la práctica, sin embargo, parece que existen intereses por parte de algunos en transformarlo en un Estado laicista, tratando de eliminar toda presencia pública de lo religioso en la sociedad. Es evidente que si lo que pretenden algunos es el cambio de modelo de Estado, la mejor forma de conseguirlo es empezar actuando en los centros educativos, pues es ahí donde se forman las conciencias de los niños y adolescentes que son el futuro de nuestra sociedad. Y todos sabemos que la semilla de hoy será la cosecha de mañana.

Uno de los argumentos que se vienen esgrimiendo para apoyar la retirada de lo religioso de los espacios públicos descansa en la neutralidad que debe tener el Estado respecto a las religiones. Y está bien que esa neutralidad exista. Pero debemos entender que la neutralidad no es ausencia de ideologías ni de creencias. No hay nadie sin ideología. Bajo el manto de una falsa neutralidad moral, la pretensión de arrinconar lo religioso en el ámbito privado encubre una imposición ideológica de corte laicista.

La religión católica, mayoritaria en nuestro país y con la que los poderes públicos tendrán relaciones de cooperación, como aparece en el artículo 16.3 de nuestra Constitución, transmite con sus símbolos -y más expresamente con el de Jesús Crucificado- mensajes de paz, concordia, respeto y esperanza, valores comunes a toda la sociedad, independientemente de cualquier ideología o creencia.

¿Por qué molesta el recuerdo de un Hombre víctima de los poderosos que vino a traer la revolución de las conciencias? Como dijera don Miguel de Unamuno, «La presencia del crucifijo en las escuelas no ofende a ningún sentido ni aún a los de los racionalistas y ateos, y el quitarlo ofende al sentimiento popular hasta de los que carecen de creencias confesionales». Pero, en este contexto, conviene recordar que la fe de los cristianos se sostiene en la Cruz que no se ve y que, por tanto, se pueden quitar todos los símbolos que se quiera, que no nos pueden herir. Como dice un bello poema:

Cruces de hierro doblará tu hoguera.
De cruces de madera puedes barrer
los campos y los suelos.
Nuestra Cruz no es aquella que en los cielos se
recorta, ni aquella de alabastro, ni aquella de zafir.
Nuestra Cruz es el corte de dos puros anhelos...
Y no tiene volumen donde poderla herir.
Con independencia de las razones de verdad y justicia anteriormente expuestas, todos los cristianos podemos «aceptar con paz el hecho de no ser aceptados por todos», aunque ello no significa que estemos dispuestos a no hacer uso de los mismos derechos civiles que otros reclaman para sí mismos.

(Publicada en la sección Tribuna Abierta de ABC Córdoba (12/07))