lunes, 15 de diciembre de 2008

Solidaridad ante la crisis

Durante semanas, los medios de comunicación nos vienen informando sobre la crisis económica y financiera que atravesamos y de las gravísimas consecuencias que para miles de familias supone el aumento de la tasa de paro. Según el estudio de la fundación FOESSA, solamente en Córdoba, más de 45.000 hogares afrontan el día a día por debajo del umbral de la pobreza, y el 40% de los hogares españoles corren el riesgo de caer en la pobreza.

Hoy, en nuestra sociedad, hemos excluido a millones de personas que no pueden participar de las ventajas del progreso y del bienestar; que viven en situaciones de pobreza permanente y que, como tales, deben sacudir nuestras conciencias dormidas para no caer en las trampas de un mundo consumista, de lujo y despilfarro.

Esta cruda realidad reclama una respuesta que no puede ser otra que la solidaridad. Esta palabra, de gran popularidad en nuestros días, que es común escucharla en todas las esferas sociales y que revela un interés, casi universal, por el bien del prójimo (por lo que implica de generosidad, cooperación, desprendimiento, participación, etc.), ha venido a ser completada y enriquecida con un elemento cristiano fundamental: la caridad que convierte la solidaridad en amor fraterno y que significa amar al hermano como Cristo nos ha amado… con un amor sin límites que se entrega sin distinción de credo, raza o ideología.

Ante este panorama, Cáritas, a través de las diferentes delegaciones diocesanas, está poniendo en marcha medidas excepcionales para atender a la avalancha de personas que se dirigen a esta institución eclesial en busca de ayuda y orientación ante la falta de recursos tan básicos como pueden ser la vivienda, alimentación o empleo.

Por ello, la Asociación Presencia Cristiana hace una llamada a la responsabilidad de todos en el sostenimiento de las actividades de atención y compromiso en favor de los más pobres y a que tengamos iniciativas que se traduzcan en acciones concretas que impliquen un cambio maduro de actitudes y comportamientos encaminados a una búsqueda constante por un mundo más humano, más justo y solidario.

En este sentido, la comunidad cristiana debe multiplicar los signos de amor y entrega y, como el buen samaritano, salir a los caminos con entrañas de misericordia, curando heridas, acompañando soledades, liberando ataduras y encendiendo la llama de la esperanza para que la luz, que es Cristo, brille también en nuestros hermanos necesitados.

Antonia Jiménez López

(Artículo publicado en la Revista APC nº11 - Diciembre 2008)