lunes, 7 de diciembre de 2009

¿Hay misericordia para el nasciturus?

¡Mujer actúa en conciencia, esta ley no te condena!”. Con esta frase finaliza el artículo escrito por el Sr. Bono para justificar su posición favorable ante el controvertido Anteproyecto de Ley del Aborto. La frase nos retrotrae a un cuadro evangélico bien conocido: la declaración de condena a muerte que unos hombres de corazón duro pronuncian hacia una mujer sorprendida en flagrante adulterio. Un cuadro que Jesús resuelve con palabras de misericordia hacia la víctima.

El cuadro, un tanto traído por los pelos si es que con él se quiere aludir a la postura de los defensores de la vida frente a la mujer que aborta -en los casi veinticinco años de vigencia de la actual ley del aborto ninguna mujer ha ido a la cárcel, ni la inmensa mayoría de los que están en contra del aborto lo está por razón de un impulso vengativo- nos sitúa, en cambio, ante la verdadera tragedia que plantea el anteproyecto defendido por el Sr. Bono: la declaración de guerra impune que hacen al niño los que se alían para matarlo en el seno de su propia madre durante las primeras 14 semanas de gestación. Este sí que es un cuadro de muerte: el de un ser humano, inocente, que está inerme ante los que se disponen a triturarlo, no con piedras sino con artificios cruentos, y que finalmente acaba destrozado en la basura o en la incineradora.

Este ser, más débil y pequeño, desde luego, que aquellos a los que, en buena hora, defendían los verdaderos socialistas, es hoy ninguneado cual ninguno. Pocos se acuerdan de él. En los sonoros discursos que vienen pronunciando los defensores del Anteproyecto de Ley, pocas palabras hay, si es que hay alguna, que en verdad se dirija a salvar al pequeño de la muerte. O, al menos, a intentarlo. Las mejores palabras e intenciones se reservan no para el sentenciado sino para los que se deciden a ejecutarlo. Y vienen a decir: ‘si estos le han condenado, ¡adelante!: pueden tirar las piedras, si lo hacen en el plazo preciso (entiéndasenos bien: no están en su derecho de arrojarlas…, pero pueden hacerlo; el “otro” al fin y al cabo es sólo un “alguien” que se contrapone a una persona de criterio más fuerte); no les estorbaremos si se ajustan al plazo convenido; eso sí, si deciden tirarlas, supondremos que “actuarán en conciencia”.

Tal viene a ser, ciertamente que resumida, la postura de misericordia que se trasluce de las declaraciones que algunos católicos, situados en posiciones señeras de la política, hacen a favor de la nueva ley del aborto. ¿No hizo algo parecido un tal Pilatos?

Miguel Ángel Parra Rincón

(Carta de nuestro compañero publicada el pasado día 3 de diciembre de 2009 en el diario ABC, en la sección "Cartas al Director")